martes, 20 de julio de 2010

Exprimiendo rosas

Ayer fue un dulzor,
Una sazón a esta maldita línea,
Atadura, cordel,
Canto endemoniado que nos une
Palabra asquerosa
Odio total…

Hoy aprieto rosas
Buscando el elíxir,
Buscando la droga de lo preciado,
Buscando encontrarlo.

Almas gemelas
Digo, tal vez,
El dolor del llanto que produce,
Lo que significa dejarte atrás

Dolor inmenso pero plenitud
Solo me queda ponerme a llorar
Esperar, quizás, una luz de ternura
Que me saque a caminar.

No.
Yo tengo que ser fuerte
Yo tengo que ser autónoma…

Es así como se cierran todas las puertas
Y no logro divisar la melodía
Con estos oídos ciegos
Y estos ojos de melancolía

El anhelar dormir
Y jamás despertar
Sin el maldito morbo de la sangre
Son los deseos tenebrosos de esta alma,
Digna de una piedra de libertad.

Sentimientos con dolor, ¡pero qué trauma libertario!

domingo, 27 de junio de 2010

El hombre que salió a caminar

 Se cuenta entre las calles de aquella avenida aburrida y envejecida, de un hombre que fue mandado por su mujer a comprar un kilo de pan a mediados de las 9 pm.
La noche estaba oscura y su brisa citadina poseía una fría temperatura que la hacía tan agradable que funcionaba como paños fríos después de una tarde de fiebre.
Las señoras del barrio siempre hablan de que el tipo tenía unos ojos tan decepcionados que parecían que se iban a caer, acompañados de unos rulos sobresalientes y desordenados que le daban una apariencia de fracasado. La panadera dijo que cuando lo vio usaba su típica chaqueta avara más unos jeans seriales.
Dicen los carabineros de la cuadra que no andaba en nada malo, que solo llevaba una prominente bolsa con pan que abría de vez en cuando para mirar los trozos y luego degustarlos con paciencia.
La esposa lloró un par de días luego de su desaparición, sin embargo, en el fondo, la realidad nunca le llegó. La realidad es que nunca lo amó, la realidad es que nunca supo amar a nadie.
Yo tampoco sabía qué demonios le había pasado al tipo del pan hasta que un gordo repugnante manchado de vino y de aliento ácido pero libre, me contó todo lo que había visto cuando me pilló sentado en la vereda esperando que llegara alguien a abrirme la puerta de la cual había olvidado la llave sobre el velador.
Lo cierto es que el hombre de ojos caídos, cansado de la vida, de su trabajo, de su familia, había salido en el mandato en busca del kilo de pan para su hogar. El robusto me dijo que con las manos en los bolsillos y como caballo de carrera cojo y viejo llegó hasta la panadería donde encendió su contestadora y mostró su careta.
Mientras volvía, observó la luna y  se quedó pegado.
El indigente no sabía más, dijo que se quedó dormido en ese momento.
En el pasaje de al lado, una señora me confesó que lo había visto dando vueltas por los alrededores, como buscando algo, como buscando por primera vez.
Una niña que recogía sus juguetes del antejardín, lo vio como nunca, con una sonrisa resplandeciente que reflejaba el brillo de la luna en sus dientes.
Por ahí cerca de la plaza, un abuelo salió a caminar por prescripción del médico para enfrentar su enfermedad a los huesos y lo observó mientras el hombre corría dando vueltas como quien trota en un estadio haciendo deporte.
El kiosquero, que cerraba en ese momento, lo divisó tomando una micro en dirección a la zona norte.
Le conté a la más parlanchina señora que hallé del barrio para que la información le llegara a la “viuda”: el hombre se había ido lejos.
Los rumores iban y venían, la verdad es que me sentí un poco culpable por haber andado hablando toda la información que recopilé. Lo cierto es que no quería entristecerme ni menos ponerme a pensar en lo que había hecho, para el otro día había un informe que entregar y solo tenía cinco minutos para devorarme el helado que acababa de comprar (¡siempre funciona para relajarme!)
Mientras zampaba con toda pasión (quizás la más fuerte en mi vida), se acercó un cincuentón de mirada vivaz y pelo ondulado, de abrigo largo y ojos sabihondos, me preguntó por qué devoraba a tal velocidad el helado y yo le contesté que estaba apurado y que tenía trabajo para el día siguiente. Él me preguntó si era libre y yo le respondí que por supuesto que sí, que había elegido mi trabajo, que vivía en un lugar donde uno podía ver qué consumía y lo mejor, que me estaba yendo bien y tenía buen sueldo. A lo que él me contestó:
-Tú no eres libre porque nunca has mirado la Luna.

sábado, 4 de abril de 2009

Horario Peak

Un niño con sobre peso corría feliz con un paquete de papas fritas, un viejito lo miró risueño al pasar, un hombre y una mujer tomados de la mano cruzaron cerca del Plus Ultra, un adolescente observó un cartel publicitario del colegio y pensó en inscribirse, pasó una micro y un viejo borracho se subió como pudo, a dos metros de distancia una bebé en brazos de su madre lo miraba, el ebrio le hacía señas y la bebé rió.

Av. Independencia a las 6:03 de la tarde.

lunes, 30 de marzo de 2009

No soy como el modelo.

Yann Tiersen me acompaña con Octobre.

Supongo que mis zapatos pesados y obesos no son de tu agrado…

Imagino que mis rizos abultados, castaños y esponjosos no van con el modelo.

Presumo que es la niñez de mi exterior lo que te confunde.

Mi rostro casi evangélico y mis manos pianistas, mi pera de cuerpo, mi cabeza de filosofía. ¿Es, a caso, la filosofía política? ¿Es, a caso, el rojo de mi sangre?

Pequeñita como un perfume…

Es difícil comprender cuando quien ha hablado de rosas te refriega las espinas.

Sin embargo, aquí solitaria, con mi rizos castaños, mis zapatones, mi mochila artesanal (boliviana-peruana, quién sabe), mi carita inocente, mis gritos por el pueblo…

Soy feliz.

Indefinidamente feliz por los siglos que dure el arte y la pasión, por la gracia de la existencia, por el grueso del dolor, por la avaricia del cero y la infinidad de lo periódico, por los químicos odiosos y por la física mareante, por la matemática exacta, por el lenguaje encantador, por el francés que aún no sé, por la historia de la humanidad, por la religión que no creo, por la ciencia que no me satisface, por la filosofía que me hace imaginar, por los sueños de los que no logro despertar, por los amigos del alma, por la familia que me guarece…

Por la música, aquí estoy.

viernes, 6 de marzo de 2009

La vida

Hay gente que dice que la vida no es color de rosas, otros creen que sí.

La vida es como una mujer de gran pensamiento, que se viste con rosas y con telas de invierno.

Por un lado, es comprensiva pero por otro, es desgraciada y manipuladora.

La vida es un deleite, con esos hermosos ojos marrones y esos cabellos color de flor, cambian cada vez que muda las rosas de su vestido, ¡incluso la he visto de azul!

La vida se maquilla con óleos y partituras, usa zapatitos de fiesta.

La vida me besa, pero no me siento lesbiana, porque la vida soy yo.

domingo, 22 de febrero de 2009

Óleos.

(Primera versión)

Dentro de su taller, pensaba en Vincent Van Gogh, quien –aparentemente- había muerto por su propia voluntad debido a la locura que le había provocado su pintar. Se preguntaba si su muerte sería tan artística, ya que, hay que admitir que no hay artista más pleno que el que haya fallecido por culpa de su arte. Para los artistas, el arte es como Dios: les da la vida y también se las quita.

Maldición, se le había acabado el blanco, ¡tubo infame que por una pérfida fuga, corría su interior por todo el taller! Había blanco en todas partes, menos en su pintura.

Apartó con sutileza la cortina de la ventana, no había nacido con la facultad del disimulo, sin embargo, en esos tiempos, donde la guerra civil asechaba todas las calles santiaguinas era absolutamente necesario aprender a hacer las cosas sin que los demás pudieran notarlo.

El enfrentamiento había finalizado, la calle estaba vacía –igual que su monedero- y la gente no hostigaba ningún trozo de la acera.

Ordenó su cabello con un elástico y se formó un tomate, se puso su acostumbrado gorro rojo (no le interesaba que el mundo supiera su tendencia política, igual todos tenían conocimiento de quién era ella) y se dispuso a salir de su hogar.

Como cuidando su puerta, Gonzalo la detuvo apenas salió.

-¿Qué crees que haces? –le preguntó extremadamente nervioso.

-Voy a comprar óleos. Se me acabó el blanco y te darás cuenta que la ausencia de color es importantísima en las pinturas –le respondió aburrida de sus constantes sermones.

-¿Ausencia de color?

-Blanco, mi amigo.

-Ah… ¡igual! No puedes salir, Estefanía.

La rabia le ahogó los ojos y con la lengua hirviendo se acercó hacia él, lo tomó del cuello de la camisa y le dijo:

-Paula, Gonzalo, Paula.

Sin más palabra, bajó las escaleras y arreglándose la boina, se dirigió al único negocio de pinturas de la cuadra.

-¿Qué necesitas, Paula? –le preguntó atentamente el viejo vendedor apenas se abrieron automáticamente las puertas solares del local.

-Blanco, el más grande que tengas, y un poco de médium –le respondió.

-¿Saliste de tu casa por una cápsula de óleo y una de médium?

-No me gustan las cápsulas, prefiero los tubos y las botellas, como cuando era niña.

-Comienza a pensar, la vida no son solo óleos.

-Tienes razón, de vez en cuando hay que probar con el acrílico.

El viejo se quedó atónito, siempre hablaba de ella como una joven insolente.

Paula se devolvió a su casa por el camino habitual. Como era parte del grupo popular, caminaba por los pasadizos rojos, pintados con los coloridos afiches típicos del partido, varios hechos por ella misma.

Al llegar a su hogar, se percató de que la puerta de su habitación estaba semi abierta. Un miedo cerval le recorrió toda la sangre, imaginó su morada vaciada por manos rateras o peor aún, neoliberales despedazando todos sus lienzos.

Con delicadeza, empujó el gran trozo de plástico, lanzó sus ojos por todos los espacios posibles y poco a poco, puso los pies sobre el piso sintético. Un segundo después, se percató de la presencia de Gonzalo, quien miraba con pánico el lienzo terminado el día anterior.

-¿Qué haces aquí, Gonzalo? –le preguntó con una especie de cansancio mezclado con rabia.

-Estaba la puerta abierta… -contestó sin dejar de mirar el cuadro- pero, pero, cuando entré, encontré esto… ¡ay! ¡qué asco! ¡Ayúdame a matar a esa araña!

-Gonzalo, yo entiendo que seas aracnofóbico, pero ¿cómo es posible que le tengas miedo a una pintura?

-¿Qué pintura? ¡No te burles de mí! ¡Mata a eso de una vez! -gritó apuntando la tela.

Paula asió el lienzo (con mucho cuidado ya que el óleo aún estaba fresco) y se lo acercó a Gonzalo, quien con un grito de desesperación huyó como corriendo por su vida.

-¿Qué es este griterío? –Regañó el administrador del edificio- ¡En plena guerra, la gente anda con los pelos de punta y ustedes, además, gritan como niñas!

-Gonzalo se ha espantado por esto –Contestó seriamente Paula.

-Pero cómo no se va a espantar si tienes una araña entre las manos, el hombre es aracnofóbico. ¡Piensa, Paula!

-¿Te estás burlando de mí? ¡Es una pintura!

El viejo, sin oír sus palabras, se sacó el zapato rápidamente y golpeó el cuadro, corriendo la gran gama de colores.

-Así está mejor –dijo sintiéndose orgulloso.

-¡¿Qué hiciste?! ¡Haz arruinado mi cuadro! –vociferó furibundamente la mujer.

-No estamos en épocas para andar cuidando mascotas, Paula.

Dicho esto, salió de la habitación. Paula, con la rabia desbordándose por sus poros, lanzó el lienzo por los aires y se encerró en su pieza.

Sin embargo, una duda creciente se deslizaba por cada rincón de su cuerpo, ¿era posible que de verdad hubiesen creído la vitalidad de su obra?

Tenía que hacer la prueba, por lo que rápidamente bajó las escaleras y volvió al negocio, compró enormes cantidades de óleo, y todos los aceites existentes, cientos de pinceles y una enorme tela.

-¿Qué vas a pintar? –Curioseó el viejo.

-Tienes razón, no me puedo preocupar solo por los óleos, también debo dar chance al mundo –le contestó sin responder.

-No has revelado tu respuesta.

-¿El mundo a contestado mi pregunta?

Sin más palabra, partió nuevamente a su hogar, y comenzó a crear su obra pintando el mundo que ella quería: Aire limpio, sin emergencias ambientales, sin smog, sin crisis. Espacios verdes, animales felices, sin represas, no más Pascua Lama ni rastros de energía nuclear.

Pintó a cada ser que había en el mundo, gastó hasta la última gota de óleo que compró. Materializó todas sus imaginaciones, reveló sus deseos secretos.

Pintó amor libre: parejas heterosexuales y homosexuales dichosas y tranquilas por las calles, pintó al punk con el neonazi dándose un abrazo, a los fundadores de multinacionales y grandes accionistas pidiendo perdón, a la gente ayudando al vecino, al discapacitado parándose de su silla, al fumador botando los cigarros, al indigente entrando a su nueva casa, a la iglesia diciendo la verdad, a los ricos (el 10% de la población mundial) regalando a los pobres (el otro 90%), a los jóvenes drogadictos uniéndose a instituciones de ayuda mundial, a todos los seres humano felices y viendo el mundo con ojos esperanzadores, seguros, inocentes y buenos.

Perdió la noción del tiempo.

Cuando el cuadro estuvo terminado, pasó su tarjeta por la cerradura de las puertas de su morada y con la ayuda de un carrito a hidrógeno, arrastró su enorme obra por las calles santiaguinas, hasta que llegó a Plaza Italia, frontera entre el grupo popular y el neoliberal.

Lo acomodó entre ruinas y con una ansiedad ahogada, gritó como nunca antes. Lanzó tiros al aire con una pistola y en menos de cinco minutos, ambos grupos estaban expectantes a su lado de la frontera.

Paula, sin decir más palabra, sacó de un tirón el gigantesco trozo de género que cubría su obra.

Todos observaron la enorme mezcla de óleos y comenzaron a llorar de felicidad, de una forma extremadamente convincente (¡como si del corazón saliese!) comenzaron a ejecutar cada acción que la enorme tela les ordenaba.

De la nada, salieron los dueños de Nike, General electric, Coca-Cola, Mcdonald’s y muchos otros a llorar por perdón. En un momento, todas las instituciones tenían filas kilométricas de jóvenes dispuestos a ayudar.

Los ricos daban a los pobres, el dinero se volvía justo y equitativo para todos, los dueños de terrenos antes estatales devolvían los títulos al gobierno. Los cazadores sonreían a los animales y el medio ambiente estaba como nunca antes.

El smog desapareció y los cielos se tornaron transparentes y bellos. Las redondas casas se teñían de color y la vida adquiría una sazón diferente. Todo era justo y hermoso.

Sin embargo, repentinamente Paula se percató de que nadie se fijaba en su existencia y que sus voces y gritos no eran escuchados por ningún ser de la tierra.

Con un terror tan profundo como su arte, volteó para mirar el lienzo, su ausencia en éste la hizo comprender la clásica paradoja: Si un árbol cae en un lugar donde nadie lo escucha ¿hace ruido?

jueves, 19 de febrero de 2009

Sin título ni apellido.

Supongo que todo se ha ido al vacío…

Que somos una gruesa capa de grasa y que la mentira nos cubre los ojos para sufrir aún más…

Supongo que todo se ha ido a la mierda…

Otra vez…

Anhelo

Anhelo