miércoles, 5 de noviembre de 2008

Ciudad.

Se me revuleve la nariz cuando percibo todos esos olores que matan mi raciocinio delirante. Es extraño, lo sé, pero es una sensación más bien interesante. ¿No es hermoso visitar las ínfimas texturas de opacas hojas tan despampanantes como el anonimato del promedio? ¡Qué precioso es mirar y ver algo! Mi descontento se somete a una plenitud cautelosa entre todos esos movimientos, sonidos y aromas. Es el ambiente, una marea incesante lo que mueve el motor de mi danza, la discoteca del descubrimiento. Saco mi cabeza por la ventana, para admirar el viento que acaricia mis mejillas, cierro los ojos y me acuesto entre lo perceptible, los abro y descubro lo nunca visto. Veo esencias y nuevas personalidades, cientos de mundos y universos infinitos. Todo es tan hermoso... Me niego a pensar que el ser humano es un ente de vacíos y ausencias de empatías. Me niego a creer que somos cuerdos cuando la locura no alcanza nuestras vidas. Me niego a resignarme que nada puede cambiar y por sobre todas las cosas, me niego a pensar que no podemos ser felices.

Anhelo

Anhelo